Ranher, uno de los teólogos más eminentes del siglo XX, ha dicho que nuestra situación es muy parecida a la que vivieron los primeros cristianos: pasar de un cristianismo judío a un pagano-cristianismo. Jesús comenzó a anunciar su mensaje a los judíos, ellos eran su gente, nació y vivió judío. Con frecuencia olvidamos que Jesús fue çnte todo un hombre con sus raíces bien fincadas en el judaísmo. Vibraba con los salmos, que expresan la experiencia de su pueblo. Así como nosotros, cuando descubrimos la riqueza de nuestra cultura nacional, sentimos cierta especie de orgullo patriótico, así Jesús. Creía en lo que cree todo buen judío: un único Dios verdadero; un Dios creador del universo; un Dios que los salvó de la esclavitud; un Dios que los acompañó por el desierto; en fin, un Dios cercano de su pueblo, padre de todos. Jesús creía en esto. Nosotros no podemos entender bien nuestro cristianismo si no tenemos en cuenta esta verdad de Jesús: un hombre profundamente enraizado, con una identidad bien clara y definida: judía.
Pero Jesús no era un fanático. Una de las palabras que mejor definen su persona fue apertura a lo diferente Y AL DIFERENTE. Si contemplamos el Evangelio lo vemos con mucha frecuencia incluyendo al leproso, al mendigo, a la prostituta, a la hemorroisa, al ciego de nacimiento, a los niños, a la mujer (que era vista como hombres en un estado imperfecto; como un hombre incompleto). En fin, vemos que una de las características del Mensaje de Jesús es que abre las puertas del Reino (el poderío absoluto de Dios) a todos, especialmente a los excluidos de la sociedad religiosa de su tiempo.
Nosotros tenemos el gran reto de inculturar el mensaje de Jesús desde el contexto en el que estamos insertos। Estamos encarnados en ambientes comunes. Ante un mundo plural, necesitamos predicar el Evangelio (el mensaje de Jesús) de una manera nueva, inculturada. Si queremos ser en verdad significativos (que transforme y marque la vida) ya no podemos utilizar los mismos métodos. Cuando escucho a los jóvenes predicando el mensaje de Jesús, descubro con frecuencia que lo hacen con las mismas palabras que los sacerdotes o los mayores predican, como si no supieran hacerlo de otra manera. Se consuelan con ‘repetir’ lo mismo. Creo que es ésta una de las principales deficiencias o errores de nuestra pastoral (contrariando incluso a Jesús, su inspiración): el querer uniformar, imponiendo normas o criterios occidentales y muchas otras cosas excusándose en la ‘tradición’. El reto para nosotros hoy es aprender de Jesús a ser incluyentes. Ante los distintos grupos, ante posturas extremas de derecha e izquierda, estamos llamados a ser un signo de apertura, de escucha, de diálogo entre las culturas. La tentación de cada cultura es cerrarse y replegarse sobre sí misma ante el peligro de lo diferente. ¿Qué haría Jesús hoy ante los indiferentes, los incrédulos, los cerrados, los aferrados a sus ideas, que creen ser poseedores de la verdad? ¿Cómo reaccionaría Jesús hoy ante los diferentes que son tan excluidos de nuestras culturas? En específico ¿qué haría ante ciertos grupos tan marginados e incluso despreciados (con frecuencia hasta por la misma Iglesia), por ejemplo, los homosexuales y las lesbianas? ¿Estos grupos no necesitarán el mensaje de liberación de Jesús? Incluso ¿qué podemos ofrecer como cristianos a estos grupos tan erotizados, tan dañados por las drogas y tantos otros vicios? Debemos llevar dentro la semilla de la esperanza, ser portadores del mensaje incluyente y esperanzador (ya no más inquisidor) del Evangelio, seamos la voz de los sin voz.
Pero Jesús no era un fanático. Una de las palabras que mejor definen su persona fue apertura a lo diferente Y AL DIFERENTE. Si contemplamos el Evangelio lo vemos con mucha frecuencia incluyendo al leproso, al mendigo, a la prostituta, a la hemorroisa, al ciego de nacimiento, a los niños, a la mujer (que era vista como hombres en un estado imperfecto; como un hombre incompleto). En fin, vemos que una de las características del Mensaje de Jesús es que abre las puertas del Reino (el poderío absoluto de Dios) a todos, especialmente a los excluidos de la sociedad religiosa de su tiempo.
Nosotros tenemos el gran reto de inculturar el mensaje de Jesús desde el contexto en el que estamos insertos। Estamos encarnados en ambientes comunes. Ante un mundo plural, necesitamos predicar el Evangelio (el mensaje de Jesús) de una manera nueva, inculturada. Si queremos ser en verdad significativos (que transforme y marque la vida) ya no podemos utilizar los mismos métodos. Cuando escucho a los jóvenes predicando el mensaje de Jesús, descubro con frecuencia que lo hacen con las mismas palabras que los sacerdotes o los mayores predican, como si no supieran hacerlo de otra manera. Se consuelan con ‘repetir’ lo mismo. Creo que es ésta una de las principales deficiencias o errores de nuestra pastoral (contrariando incluso a Jesús, su inspiración): el querer uniformar, imponiendo normas o criterios occidentales y muchas otras cosas excusándose en la ‘tradición’. El reto para nosotros hoy es aprender de Jesús a ser incluyentes. Ante los distintos grupos, ante posturas extremas de derecha e izquierda, estamos llamados a ser un signo de apertura, de escucha, de diálogo entre las culturas. La tentación de cada cultura es cerrarse y replegarse sobre sí misma ante el peligro de lo diferente. ¿Qué haría Jesús hoy ante los indiferentes, los incrédulos, los cerrados, los aferrados a sus ideas, que creen ser poseedores de la verdad? ¿Cómo reaccionaría Jesús hoy ante los diferentes que son tan excluidos de nuestras culturas? En específico ¿qué haría ante ciertos grupos tan marginados e incluso despreciados (con frecuencia hasta por la misma Iglesia), por ejemplo, los homosexuales y las lesbianas? ¿Estos grupos no necesitarán el mensaje de liberación de Jesús? Incluso ¿qué podemos ofrecer como cristianos a estos grupos tan erotizados, tan dañados por las drogas y tantos otros vicios? Debemos llevar dentro la semilla de la esperanza, ser portadores del mensaje incluyente y esperanzador (ya no más inquisidor) del Evangelio, seamos la voz de los sin voz.
Mtro. José Luis Esquivel

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