domingo, 25 de abril de 2010

HANS KÜNG Y SU CARTA A LOS OBISPOS: CONTROVERTIDA NECESIDAD

Polémica ha sido la carta del teólogo católico Hans Küng publicada el pasado 15 de abril. Colega de J. Ratzinger en la universidad de Tubinga, juntos fueron los teólogos peritos más jóvenes del concilio Vaticano II, ambos innovadores y grandes pensadores, con el tiempo fueron tomando posturas distintas en su quehacer teológico.

Tanto sus críticos como los medios de comunicación sugieren que su carta invita a los obispos a desobedecer al papa y ponerse en su contra. Sin embargo la carta de Küng no debe ser sacada de contexto, el teólogo Suizo de ninguna manera pretende organizar un nuevo cisma, tampoco incitar a la dimisión del Sumo Pontífice de la Iglesia, antes bien debemos entender la idea en un contexto más amplio.

En síntesis las propuestas expresadas radican en los siguientes puntos:

1) Alzar la voz ante un modelo de autoridad primordialmente vertical del Papa, “¡envíen a Roma no manifestaciones de su devoción, sino más bien llamados a la reforma!”. 2) “Acometer reformas [en la Iglesia] obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor”. 3) “Actuar colegiadamente… no deberíais, estimados obispos, actuar solo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres”. 4) Concebir la obediencia en el espíritu del Evangelio, y no sólo obedecer de modo ilimitado al Papa. “Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando estas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje”. 5) Ante los problemas urgentes en la Iglesia es necesario buscar soluciones regionales. 6) Convocar a un concilio si no ecuménico, al menos un sínodo episcopal con el fin de “solucionar los problemas dramáticamente intensos que ameritan una reforma”.

Me parece que el teólogo en cuestión pide que reavivemos el espíritu del Concilio Vaticano II, una eclesiología en donde su jerarquía más que escalonarse en el entramado piramidal del poder viva una relación circular, de paridad, en donde conforme al pensamiento paulino, la vida de los carismas sean en función de la comunidad, cuerpo místico de Cristo, una comunidad en donde los ministerios eclesiales son vistos como servicios y nunca defendidos como dignidad merecida o ganada. A nuestro entender, lo que el profesor Küng propone no es otra cosa que la toma de conciencia de que todos en la Iglesia somos “pueblo” y que si existen jerarquías y ministerios distintos no es sino por un mero sentido de funcionalidad, no de exclusividad protagónica.

El asunto polémico de la carta gira en torno a la invitación de Küng a los obispos para alzar la voz y replantear la obediencia al papa no como una sumisión incuestionable sino conforme al espíritu del Nuevo Testamento. Es la comunidad la que puede y debe discernir la voluntad de Dios. La invitación del teólogo suizo a ejercer “presión sobre las autoridades romanas” la circunscribe en el espíritu de la caridad fraterna. A nuestro juicio, el problema de esta petición tal vez estriba en dos aspectos: por una parte, el contexto álgido de la vida eclesial en el que se ubica su propuesta; por otra parte, el sustento histórico-dogmático de su planteamiento. Respecto al segundo aspecto, nada nuevo es el apoyo que el Dr. Küng tiene en el concilio de Constanza cuando de la autoridad conciliar se trata. La llamada `teoría conciliarista´ es a nuestro entender parte nodal de esta polémica.

El Concilio de Constanza (1414-1418) surge en un contexto de cisma eclesial, la existencia de tres papas que gobernaban a un mismo tiempo (Juan XXIII, Gregorio XII y Benedicto XIII) mereció un concilio ecuménico que a petición de Segismundo rey de Alemania, convocó Juan XXIII. Una serie de conflictos internos y división de intereses llevó a los padres conciliares a concebir que es el concilio y no el Papa el órgano supremo de la Iglesia. Este postulado debe entenderse en medio de aquel conflicto, el Papa podría pretender disolver el concilio, por ello se hacía apremiante la idea de que el concilio tenía superioridad respecto del Papa y por lo tanto éste no podía disolver aquel. El concilio tomó la decisión de proponer un nuevo Papa, la votación no sería per capita, sino por naciones, así es como surgió electo, Martín V.

Es en este contexto histórico en el que Hans Küng ubica su propuesta dogmática de que el concilio está por encima del Papa. El problema radica en que la eclesiología contemporánea no ha tomado mucho en cuenta los postulados de Constanza. Algunos argumentan que, en primer lugar, en el documento `Haec Sancta´ no hay expresiones o cláusulas típicas de las definiciones dogmáticas (anatema sea); no existen referencias a las fuentes de la revelación; las sanciones que utiliza el documento son en el sentido de `ferendae sententiae´, es decir, una pena que sólo atañe al reo o a los acusados (que en ese momento son los cismáticos) de modo que como se ha señalado, su sentido se aleja de una definición dogmática como tal.

Por su parte, el Concilio Vaticano I, estableció que el papa no tiene necesidad de buscar una instancia superior para las decisiones de fe, postura que centraliza la autoridad en la figura pontificia. En una postura mucho más inclusiva el Concilio Vaticano II en el decreto Christus Dominus, No. 4, señala que “el orden de los Obispos, que sucede al Colegio de los Apóstoles en el magisterio y régimen pastoral, y en el cual se continúa el cuerpo apostólico, juntamente con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin Él, es también sujeto de suprema y plena potestad en toda la Iglesia, potestad que ciertamente no pueden ejercer sin el consentimiento del Romano Pontífice". De ahí que, a nuestro entender, Constanza nos da la bases para comprender que la potestad del concilio no proviene de nadie más sino de Cristo, por ende, en unión a Él, todos, sea cual fuere la dignidad (incluido el Papa) estamos sujetos a Él (Cristo). Por su parte Vaticano II nos invitará a pensar y sentirnos en la Iglesia como un solo Pueblo, una comunidad que comparte la fe, en donde obispos y papa (obispo también) trabajan “juntos” por buscar el bien de la Iglesia.

En síntesis, la propuesta de Küng no invita al disenso ni a la revolución, antes bien apela a la colegialidad del episcopado y la autoridad que de éste dimana amparándose en el espíritu ya mencionado del Concilio de Constanza y en los lineamientos de Vaticano II, así como la oportunidad que existe hoy en la Iglesia para dialogar con el mundo contemporáneo. Es necesario rescatar la idea de procurar una mayor participación de los laicos en la vida de la Iglesia. La idea de un cambio en la Iglesia no es propia de Küng, en el contexto mexicano el mismo Mons. Raúl Vera ha señalado en entrevista reciente a los medios de comunicación la necesidad de cambiar nuestras estructuras. Propiciar la reflexión mediante sínodos episcopales es entre otras, una posible solución. Lo importante aquí es renovarnos, la renovación como tal, es en buena medida una gracia que el Espíritu nos puede conceder cuando de buena fe y con pasos firmes estamos dispuestos a hacerlo.

lunes, 19 de abril de 2010

Me duele mi Iglesia

Lo que está ocurriendo en la Iglesia católica en estos momentos me indigna y me duele, es mi Iglesia también. Yo como otros católicos, considero que algunas actitudes y discursos en algunos miembros de la Iglesia no son precisamente reflejo del sentir de todo el Pueblo de Dios.

Lo que hemos visto en los medios de comunicación debe instarnos a abrirnos no solo a la penitencia que pide Benedicto XVI, sino a la verdad; el problema de nueva cuenta es la constante pretensión de algunos miembros de la jerarquía al hacer de las verdades de fe la bandera que el mundo entero debe enarbolar.

Ante las numerosas declaraciones de distintos miembros del clero no me queda más que un sentimiento de profunda tristeza ante el afán de reconocer algunas culpas personales e intentar buscar el origen de éstas en las estructuras sociales. Desde la declaración del domingo de Pascua por parte del decano del Colegio Cardenalicio, Cardenal Sodano diciendo al Papa: “Padre Santo, está con Usted el Pueblo de Dios, que no se deja impresionar por las ‘habladurías’ del momento, de las pruebas que a veces vienen a herir a la comunidad de los creyentes”, no creo errar al decir que no precisamente todo el “pueblo de Dios” está con el Papa aprobando el secretum pontificium que obliga a los obispos a guardar silencio sobre asuntos de abusos sexuales o de otros delitos graves tal como se estipuló en la “Carta sobre los delitos más graves” en el año 2001 cuando Ratzinger era prefecto para la Congregación de la Fe. No creo que todo el pueblo de Dios del cual forman parte las víctimas de abusos sexuales esté conforme con un perdón que pierde credibilidad cuando algunos jerarcas buscan excusas para justificar la debilidad humana de algunos de los pastores de la Iglesia. No creo que todo el pueblo de Dios esté conforme al escuchar un discurso con el cual, ante la homosexualidad arroja los peores anatemas y dejos de intolerancia, mientras que, ante los casos de pederastia clerical clama misericordia por la fragilidad de la condición pecadora de los agresores.

Buscar salidas obtusas a problemas estructurales como el comentario del Cardenal Bertone, Secretario del Estado Vaticano argumentando que, según algunos, la pederastia se asocia con la homosexualidad más que con el celibato no se puede leer más que como un intento desesperado de justificar lo injustificable; ¿pero qué pretende decir el Sr. Bertone, que todos los homosexuales son potenciales pederastas?; ¿acaso no podemos entender esto como una peligrosa generalización que pretende hacer ver que la intolerancia de la Iglesia ante la homosexualidad es válida y por lo tanto debe continuar?
Esta Iglesia mía y nuestra se ve dolida no sólo por los casos de abuso sexual de algunos pastores sino por la pretensión de justificar la culpa personal en un supuesto pecado estructural tal como pretende indicar Monseñor Felipe Arizmendi en la conferencia del día 15 de abril de 2010, argumentando que debido a la “invasión de erotismo”, en la sociedad “no es fácil, a veces, mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños […] este medio ambiente contrario a la castidad y al celibato es muy difícil que alguien se mantenga puro, y no sólo los sacerdotes, sino que cualquier esposo o esposa puedan ser fieles”. Claro que el Señor obispo aclaró que no estaba culpando a la sociedad de la pederastia clerical, (menuda cosa faltaría) pero con un poco elaborado discurso sí intenta justificar que la liberalidad sexual de la sociedad es caldo de cultivo para ello. Qué pena que no podamos aprender de la historia, la reacción casi siempre general de la jerarquía ante ideologías distintas al pensamiento de la Iglesia ha sido comúnmente no sólo de rechazo y repliegue sino de condena, pero ahora, que buena parte de la sociedad es la que nos condena a nosotros, algunos pretenden acudir a una lectura literal y acrítica de un texto mítico (pero con un profundo contenido teológico) del génesis para decir también “la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (Gn 3,13); parafraseando el texto se leería: “la sociedad erotizada que me diste como espacio vital me sedujo y agredí”. Así como no podemos leer acríticamente el texto bíblico, no podemos justificar simplonamente nuestros errores. Es el ser humano el que ha tenido –y tiene- la oportunidad de construir un orden diferente y ha preferido aferrarse a su lado salvaje. Esta opción le ha llevado a relaciones de rompimiento y de dependencia, no hay mayor explicación.
Para terminar el argumento, Mons. Arizmendi pretende complementar su discurso aludiendo a la educación sexual de las escuelas, diciendo que, “si la SEP sólo da información genital, propicia un ambiente en el cual la persona, al saber más como hacer cosas y sus consecuencias, favorecerá el libertinaje sexual; no lo propicia directamente, pero se favorece porque no hay educación moral en los libros de texto. Debe haber formación en principios y valores para apreciar la sexualidad, que es un tesoro de Dios, no es algo malo.”
Es de sorprender esta reacción, en momentos de crisis, la familia que acoge en su seno a los agresores intenta defenderse aludiendo que es la sociedad y la educación que el Estado imparte (al mencionar a la SEP, institución pública, está incluyendo al Estado) la que favorece dicho clima de relajación moral. Es una lástima ver cómo algunos miembros de la Jerarquía viven en el siglo XXI con una mentalidad medieval.
Parece que Mons. Arizmendi insinúa que, una de las causas de esta sociedad erotizada es la educación sexual, cuyo pecado radica en informar sobre cómo planificar mejor la familia y cómo evitar contagios, la solución para él sería que en México la educación sexual incluyera la moral (que a mi juicio ya se incluye al tratar de inculcar la responsabilidad de los actos y la previsión de los riesgos, amén de que en algunos textos que se usan en las escuelas se incluya la vida sexual en el marco del amor de pareja), pero lo que se intenta es la nada nueva pretensión de educar en la escuela bajo el paradigma de una moral cristiana.
El intento de justificación llega a su límite al señalar que “es muy difícil que alguien se sustraiga a este ambiente erotizado, y se van disminuyendo los controles morales que tratamos de dar, no sólo en seminarios, sino a la sociedad en general”, por lo tanto, para preservar de la tentación a los agresores la sociedad deberá regirse por la moral cristiana que opta por la castidad y la abstinencia sexual mientras que hombre y mujer no estén vinculados por el matrimonio.
Pero me asalta una duda: ¿la educación sexual bajo el paradigma cristiano será la solución a los problemas de pederastia y concubinato que existen en el interior de la Iglesia católica? Quienes son clérigos o religiosos consagrados para algún ministerio en la Iglesia han recibido una sólida formación cristiana, máxime en cuestiones de moral sexual, ¿acaso estos agresores no recibieron la misma formación?, entonces, cómo es que cometieron dichos delitos. Como podemos ver, la solución no está en el modelo educativo que se acoja en las escuelas, tampoco en buscar contextos sociales como caldo de cultivo de la inmoralidad, los mea culpa revestidos de fastuosidad barroca difícilmente llegarán al corazón de los fieles ofendidos.
Con pena veo que de nueva cuenta se lucha por presentar la oferta ética cristiana como una ética de principios absolutos que refleja una verdad universal, la propia y con ello el gran peligro: el riesgo de intolerancia que conlleva la absolutización, asumir que la apropiación concreta de la creencia católica debería ser la única e idéntica a la de todos los miembros de la sociedad (al menos en cuestiones de moral).
El mensaje profético veterotestamentario resuena hoy con fuerte voz. “Ruge el Señor desde Sión” dice el profeta Amos a su pueblo. Hoy, el mismo rugido de YHWH se escucha en este pueblo de Dios, en nuestras comunidades. La voz del Señor se hace notar ante los acontecimientos de la historia, hoy se presenta en el clamor de los que piden justicia. Como Amós debo decir que tampoco soy profeta ni discípulo de profeta, pero tampoco puedo callar aquello que resulta evidentemente amenazante. Considero que como Iglesia debemos hacer un alto en el camino y considerar un cambio en nuestras estructuras eclesiales, en nuestro diálogo con el mundo, en nuestra humildad y asimilación del propio pecado. Volvamos los ojos a nosotros mismos y a los ofendidos para poder enfrentar nuestra culpa. Salgamos a las puertas y escuchemos el rugido de YHWH que pide misericordia y no sacrificios.