Lo que está ocurriendo en la Iglesia católica en estos momentos me indigna y me duele, es mi Iglesia también. Yo como otros católicos, considero que algunas actitudes y discursos en algunos miembros de la Iglesia no son precisamente reflejo del sentir de todo el Pueblo de Dios.
Lo que hemos visto en los medios de comunicación debe instarnos a abrirnos no solo a la penitencia que pide Benedicto XVI, sino a la verdad; el problema de nueva cuenta es la constante pretensión de algunos miembros de la jerarquía al hacer de las verdades de fe la bandera que el mundo entero debe enarbolar.
Ante las numerosas declaraciones de distintos miembros del clero no me queda más que un sentimiento de profunda tristeza ante el afán de reconocer algunas culpas personales e intentar buscar el origen de éstas en las estructuras sociales. Desde la declaración del domingo de Pascua por parte del decano del Colegio Cardenalicio, Cardenal Sodano diciendo al Papa: “Padre Santo, está con Usted el Pueblo de Dios, que no se deja impresionar por las ‘habladurías’ del momento, de las pruebas que a veces vienen a herir a la comunidad de los creyentes”, no creo errar al decir que no precisamente todo el “pueblo de Dios” está con el Papa aprobando el secretum pontificium que obliga a los obispos a guardar silencio sobre asuntos de abusos sexuales o de otros delitos graves tal como se estipuló en la “Carta sobre los delitos más graves” en el año 2001 cuando Ratzinger era prefecto para la Congregación de la Fe. No creo que todo el pueblo de Dios del cual forman parte las víctimas de abusos sexuales esté conforme con un perdón que pierde credibilidad cuando algunos jerarcas buscan excusas para justificar la debilidad humana de algunos de los pastores de la Iglesia. No creo que todo el pueblo de Dios esté conforme al escuchar un discurso con el cual, ante la homosexualidad arroja los peores anatemas y dejos de intolerancia, mientras que, ante los casos de pederastia clerical clama misericordia por la fragilidad de la condición pecadora de los agresores.
Buscar salidas obtusas a problemas estructurales como el comentario del Cardenal Bertone, Secretario del Estado Vaticano argumentando que, según algunos, la pederastia se asocia con la homosexualidad más que con el celibato no se puede leer más que como un intento desesperado de justificar lo injustificable; ¿pero qué pretende decir el Sr. Bertone, que todos los homosexuales son potenciales pederastas?; ¿acaso no podemos entender esto como una peligrosa generalización que pretende hacer ver que la intolerancia de la Iglesia ante la homosexualidad es válida y por lo tanto debe continuar?
Esta Iglesia mía y nuestra se ve dolida no sólo por los casos de abuso sexual de algunos pastores sino por la pretensión de justificar la culpa personal en un supuesto pecado estructural tal como pretende indicar Monseñor Felipe Arizmendi en la conferencia del día 15 de abril de 2010, argumentando que debido a la “invasión de erotismo”, en la sociedad “no es fácil, a veces, mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños […] este medio ambiente contrario a la castidad y al celibato es muy difícil que alguien se mantenga puro, y no sólo los sacerdotes, sino que cualquier esposo o esposa puedan ser fieles”. Claro que el Señor obispo aclaró que no estaba culpando a la sociedad de la pederastia clerical, (menuda cosa faltaría) pero con un poco elaborado discurso sí intenta justificar que la liberalidad sexual de la sociedad es caldo de cultivo para ello. Qué pena que no podamos aprender de la historia, la reacción casi siempre general de la jerarquía ante ideologías distintas al pensamiento de la Iglesia ha sido comúnmente no sólo de rechazo y repliegue sino de condena, pero ahora, que buena parte de la sociedad es la que nos condena a nosotros, algunos pretenden acudir a una lectura literal y acrítica de un texto mítico (pero con un profundo contenido teológico) del génesis para decir también “la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (Gn 3,13); parafraseando el texto se leería: “la sociedad erotizada que me diste como espacio vital me sedujo y agredí”. Así como no podemos leer acríticamente el texto bíblico, no podemos justificar simplonamente nuestros errores. Es el ser humano el que ha tenido –y tiene- la oportunidad de construir un orden diferente y ha preferido aferrarse a su lado salvaje. Esta opción le ha llevado a relaciones de rompimiento y de dependencia, no hay mayor explicación.
Para terminar el argumento, Mons. Arizmendi pretende complementar su discurso aludiendo a la educación sexual de las escuelas, diciendo que, “si la SEP sólo da información genital, propicia un ambiente en el cual la persona, al saber más como hacer cosas y sus consecuencias, favorecerá el libertinaje sexual; no lo propicia directamente, pero se favorece porque no hay educación moral en los libros de texto. Debe haber formación en principios y valores para apreciar la sexualidad, que es un tesoro de Dios, no es algo malo.”
Es de sorprender esta reacción, en momentos de crisis, la familia que acoge en su seno a los agresores intenta defenderse aludiendo que es la sociedad y la educación que el Estado imparte (al mencionar a la SEP, institución pública, está incluyendo al Estado) la que favorece dicho clima de relajación moral. Es una lástima ver cómo algunos miembros de la Jerarquía viven en el siglo XXI con una mentalidad medieval.
Parece que Mons. Arizmendi insinúa que, una de las causas de esta sociedad erotizada es la educación sexual, cuyo pecado radica en informar sobre cómo planificar mejor la familia y cómo evitar contagios, la solución para él sería que en México la educación sexual incluyera la moral (que a mi juicio ya se incluye al tratar de inculcar la responsabilidad de los actos y la previsión de los riesgos, amén de que en algunos textos que se usan en las escuelas se incluya la vida sexual en el marco del amor de pareja), pero lo que se intenta es la nada nueva pretensión de educar en la escuela bajo el paradigma de una moral cristiana.
El intento de justificación llega a su límite al señalar que “es muy difícil que alguien se sustraiga a este ambiente erotizado, y se van disminuyendo los controles morales que tratamos de dar, no sólo en seminarios, sino a la sociedad en general”, por lo tanto, para preservar de la tentación a los agresores la sociedad deberá regirse por la moral cristiana que opta por la castidad y la abstinencia sexual mientras que hombre y mujer no estén vinculados por el matrimonio.
Pero me asalta una duda: ¿la educación sexual bajo el paradigma cristiano será la solución a los problemas de pederastia y concubinato que existen en el interior de la Iglesia católica? Quienes son clérigos o religiosos consagrados para algún ministerio en la Iglesia han recibido una sólida formación cristiana, máxime en cuestiones de moral sexual, ¿acaso estos agresores no recibieron la misma formación?, entonces, cómo es que cometieron dichos delitos. Como podemos ver, la solución no está en el modelo educativo que se acoja en las escuelas, tampoco en buscar contextos sociales como caldo de cultivo de la inmoralidad, los mea culpa revestidos de fastuosidad barroca difícilmente llegarán al corazón de los fieles ofendidos.
Con pena veo que de nueva cuenta se lucha por presentar la oferta ética cristiana como una ética de principios absolutos que refleja una verdad universal, la propia y con ello el gran peligro: el riesgo de intolerancia que conlleva la absolutización, asumir que la apropiación concreta de la creencia católica debería ser la única e idéntica a la de todos los miembros de la sociedad (al menos en cuestiones de moral).
El mensaje profético veterotestamentario resuena hoy con fuerte voz. “Ruge el Señor desde Sión” dice el profeta Amos a su pueblo. Hoy, el mismo rugido de YHWH se escucha en este pueblo de Dios, en nuestras comunidades. La voz del Señor se hace notar ante los acontecimientos de la historia, hoy se presenta en el clamor de los que piden justicia. Como Amós debo decir que tampoco soy profeta ni discípulo de profeta, pero tampoco puedo callar aquello que resulta evidentemente amenazante. Considero que como Iglesia debemos hacer un alto en el camino y considerar un cambio en nuestras estructuras eclesiales, en nuestro diálogo con el mundo, en nuestra humildad y asimilación del propio pecado. Volvamos los ojos a nosotros mismos y a los ofendidos para poder enfrentar nuestra culpa. Salgamos a las puertas y escuchemos el rugido de YHWH que pide misericordia y no sacrificios.
Lo que hemos visto en los medios de comunicación debe instarnos a abrirnos no solo a la penitencia que pide Benedicto XVI, sino a la verdad; el problema de nueva cuenta es la constante pretensión de algunos miembros de la jerarquía al hacer de las verdades de fe la bandera que el mundo entero debe enarbolar.
Ante las numerosas declaraciones de distintos miembros del clero no me queda más que un sentimiento de profunda tristeza ante el afán de reconocer algunas culpas personales e intentar buscar el origen de éstas en las estructuras sociales. Desde la declaración del domingo de Pascua por parte del decano del Colegio Cardenalicio, Cardenal Sodano diciendo al Papa: “Padre Santo, está con Usted el Pueblo de Dios, que no se deja impresionar por las ‘habladurías’ del momento, de las pruebas que a veces vienen a herir a la comunidad de los creyentes”, no creo errar al decir que no precisamente todo el “pueblo de Dios” está con el Papa aprobando el secretum pontificium que obliga a los obispos a guardar silencio sobre asuntos de abusos sexuales o de otros delitos graves tal como se estipuló en la “Carta sobre los delitos más graves” en el año 2001 cuando Ratzinger era prefecto para la Congregación de la Fe. No creo que todo el pueblo de Dios del cual forman parte las víctimas de abusos sexuales esté conforme con un perdón que pierde credibilidad cuando algunos jerarcas buscan excusas para justificar la debilidad humana de algunos de los pastores de la Iglesia. No creo que todo el pueblo de Dios esté conforme al escuchar un discurso con el cual, ante la homosexualidad arroja los peores anatemas y dejos de intolerancia, mientras que, ante los casos de pederastia clerical clama misericordia por la fragilidad de la condición pecadora de los agresores.
Buscar salidas obtusas a problemas estructurales como el comentario del Cardenal Bertone, Secretario del Estado Vaticano argumentando que, según algunos, la pederastia se asocia con la homosexualidad más que con el celibato no se puede leer más que como un intento desesperado de justificar lo injustificable; ¿pero qué pretende decir el Sr. Bertone, que todos los homosexuales son potenciales pederastas?; ¿acaso no podemos entender esto como una peligrosa generalización que pretende hacer ver que la intolerancia de la Iglesia ante la homosexualidad es válida y por lo tanto debe continuar?
Esta Iglesia mía y nuestra se ve dolida no sólo por los casos de abuso sexual de algunos pastores sino por la pretensión de justificar la culpa personal en un supuesto pecado estructural tal como pretende indicar Monseñor Felipe Arizmendi en la conferencia del día 15 de abril de 2010, argumentando que debido a la “invasión de erotismo”, en la sociedad “no es fácil, a veces, mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños […] este medio ambiente contrario a la castidad y al celibato es muy difícil que alguien se mantenga puro, y no sólo los sacerdotes, sino que cualquier esposo o esposa puedan ser fieles”. Claro que el Señor obispo aclaró que no estaba culpando a la sociedad de la pederastia clerical, (menuda cosa faltaría) pero con un poco elaborado discurso sí intenta justificar que la liberalidad sexual de la sociedad es caldo de cultivo para ello. Qué pena que no podamos aprender de la historia, la reacción casi siempre general de la jerarquía ante ideologías distintas al pensamiento de la Iglesia ha sido comúnmente no sólo de rechazo y repliegue sino de condena, pero ahora, que buena parte de la sociedad es la que nos condena a nosotros, algunos pretenden acudir a una lectura literal y acrítica de un texto mítico (pero con un profundo contenido teológico) del génesis para decir también “la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (Gn 3,13); parafraseando el texto se leería: “la sociedad erotizada que me diste como espacio vital me sedujo y agredí”. Así como no podemos leer acríticamente el texto bíblico, no podemos justificar simplonamente nuestros errores. Es el ser humano el que ha tenido –y tiene- la oportunidad de construir un orden diferente y ha preferido aferrarse a su lado salvaje. Esta opción le ha llevado a relaciones de rompimiento y de dependencia, no hay mayor explicación.
Para terminar el argumento, Mons. Arizmendi pretende complementar su discurso aludiendo a la educación sexual de las escuelas, diciendo que, “si la SEP sólo da información genital, propicia un ambiente en el cual la persona, al saber más como hacer cosas y sus consecuencias, favorecerá el libertinaje sexual; no lo propicia directamente, pero se favorece porque no hay educación moral en los libros de texto. Debe haber formación en principios y valores para apreciar la sexualidad, que es un tesoro de Dios, no es algo malo.”
Es de sorprender esta reacción, en momentos de crisis, la familia que acoge en su seno a los agresores intenta defenderse aludiendo que es la sociedad y la educación que el Estado imparte (al mencionar a la SEP, institución pública, está incluyendo al Estado) la que favorece dicho clima de relajación moral. Es una lástima ver cómo algunos miembros de la Jerarquía viven en el siglo XXI con una mentalidad medieval.
Parece que Mons. Arizmendi insinúa que, una de las causas de esta sociedad erotizada es la educación sexual, cuyo pecado radica en informar sobre cómo planificar mejor la familia y cómo evitar contagios, la solución para él sería que en México la educación sexual incluyera la moral (que a mi juicio ya se incluye al tratar de inculcar la responsabilidad de los actos y la previsión de los riesgos, amén de que en algunos textos que se usan en las escuelas se incluya la vida sexual en el marco del amor de pareja), pero lo que se intenta es la nada nueva pretensión de educar en la escuela bajo el paradigma de una moral cristiana.
El intento de justificación llega a su límite al señalar que “es muy difícil que alguien se sustraiga a este ambiente erotizado, y se van disminuyendo los controles morales que tratamos de dar, no sólo en seminarios, sino a la sociedad en general”, por lo tanto, para preservar de la tentación a los agresores la sociedad deberá regirse por la moral cristiana que opta por la castidad y la abstinencia sexual mientras que hombre y mujer no estén vinculados por el matrimonio.
Pero me asalta una duda: ¿la educación sexual bajo el paradigma cristiano será la solución a los problemas de pederastia y concubinato que existen en el interior de la Iglesia católica? Quienes son clérigos o religiosos consagrados para algún ministerio en la Iglesia han recibido una sólida formación cristiana, máxime en cuestiones de moral sexual, ¿acaso estos agresores no recibieron la misma formación?, entonces, cómo es que cometieron dichos delitos. Como podemos ver, la solución no está en el modelo educativo que se acoja en las escuelas, tampoco en buscar contextos sociales como caldo de cultivo de la inmoralidad, los mea culpa revestidos de fastuosidad barroca difícilmente llegarán al corazón de los fieles ofendidos.
Con pena veo que de nueva cuenta se lucha por presentar la oferta ética cristiana como una ética de principios absolutos que refleja una verdad universal, la propia y con ello el gran peligro: el riesgo de intolerancia que conlleva la absolutización, asumir que la apropiación concreta de la creencia católica debería ser la única e idéntica a la de todos los miembros de la sociedad (al menos en cuestiones de moral).
El mensaje profético veterotestamentario resuena hoy con fuerte voz. “Ruge el Señor desde Sión” dice el profeta Amos a su pueblo. Hoy, el mismo rugido de YHWH se escucha en este pueblo de Dios, en nuestras comunidades. La voz del Señor se hace notar ante los acontecimientos de la historia, hoy se presenta en el clamor de los que piden justicia. Como Amós debo decir que tampoco soy profeta ni discípulo de profeta, pero tampoco puedo callar aquello que resulta evidentemente amenazante. Considero que como Iglesia debemos hacer un alto en el camino y considerar un cambio en nuestras estructuras eclesiales, en nuestro diálogo con el mundo, en nuestra humildad y asimilación del propio pecado. Volvamos los ojos a nosotros mismos y a los ofendidos para poder enfrentar nuestra culpa. Salgamos a las puertas y escuchemos el rugido de YHWH que pide misericordia y no sacrificios.

Creo en una iglesia transparente pero lamentablemente sus representantes son los que nos han defraudado, nos han engañado y coincido completamente con el autor de este artículo.
ResponderEliminarNecesitamos conocer, más que una disculpa, la verdad de lo que desde hace años viene sucediendo.
Parece mentira que la misma iglesia quiera esconder lo que hoy en día es más que evidente.
Con tristeza veo que no quieran darle la importancia que merece todo este tema, que solo traten de buscar una simple justificación y nada más.
Por otra parte, me da gusto saber que hay gente con tan atinados comentarios y que no solamente los escuchemos en voz de los periodistas (de quienes creía que eran los únicos con valor para hablar libremente).
Felicidades por su artículo!!!
Con orgullo digo que el autor de este artículo es mi gran amigo Gustavo Meléndez. ¡Felicidades por este blog te deseo mucho éxito!
ResponderEliminarEsta Iglesia nuestra tan retardada, ejemplo claro el tema de las personas homosexuales... que por cierto están en todas sus congregaciones y han pasado por todas sus parroquias. Tan cínica a veces como cuando se anulan los matrimonios de la gente poderosa y rica y en cambio la mujer pobre y golpeada se morirá esperando su anulación para no vivir en pecado.Tan egoísta al no ver el terrible sufrimiento de las víctimas de abuso sexual que vieron truncadas sus vidas. Tan incoherente al proclamar a Jesús como Dios y modelo de vida cuando sus jerarcas no estan disponibles para el pueblo pero si para el bautizo de la hija del gobernador, mientras en su discurso enaltecen al pobre, al que convencen que el dinero no es lo importante, si no la humildad.
¿Es pecado no creerle más a la Iglesia? ¿Es pecado escuchar la voz de mi conciencia que me exige no seguir ni aceptar cosas en las que no estoy de acuerdo?
A quienes tenemos la gran responsabilidad de educar, ayudemos a que en éste país crezcan personas que busquen la verdad y actúen según la verdad, por más que duela.
En mi muy personal opinión, a nuestra Iglesia le hace falta, ya no digo una inyección de Botox, sino un rejuvenecimiento corporal total; desde hace mucho nuestros Obispos y gobernantes espirituales manejan al pueblo de Dios de forma anacrónica, atemporal, sin darse cuenta que somos una humanidad en constante cambio. Y esos cambios no necesariamente van en contra de lo que nuestra Fe proclama y espera de nosotros como cristianos. Simplemente, la Iglesia se ha venido rezagando, y urge sobremanera una revitalización.
ResponderEliminar"Me duele mi Iglesia" es un gran título, ojalá que lo viviéramos en verdad como cuando decimos "me duele" alguna otra cosa, con esa urgencia de buscar remedio, con esa proactividad a la que mueve el dolor verdaderamente sentido; porque esta Iglesia, esta "sancta meretrix" de que hablaron los teólogos tridentinos, es parte de nosotros como nosotros somos de ella y ha de dolernos con un dolor que mueva a la acción.
ResponderEliminarEs hora de dejarnos de teologías deductivas y pasar a las inductivas; de partir de la vida y la concreción de la actualidad para descubrir el rostro de Dios que se esconde y se revela en cada hombre y mujer, en cada caso y dilema.
Me duele mi Iglesia y es necesario, por ello, no olvidar que ser teólogo y ser santo son dos realidades infinitamente lejanas; que Nietzche, el más famoso de los ateos estudió teología y que, sin embargo su "ûbermensch" se parece más a Jesús que muchas de nuestras catequesis.
Sí, es hora de criticar, de reflexionar, de estudiar y conocer, pero sobre todo es la hora de la congruencia, la hora de que disminuyamos en números pero aumentemos en consistencia; la hora de que los escándalos se lleven a los miles católicos de nombre y hagan más fuertes a los pocos que lo son o quieren serlo por convicción y con compromisos de vida.
Me duele mi iglesia... y me toca esforzarme por no dolerle yo también a ella.
(Muchas Felicidades por el artículo Tavo, muy interesante, comparto muchos de los puntos y admiro el esfuerzo que este Blog representa. Un abrazo wey)
genial
ResponderEliminarHola Gustavito, me da mucho gusto tener nuevamente la oportunidad de leer tus interesantes opiniones, críticas, artículos. Sabes que te admiro y respeto mucho.
ResponderEliminarEste primer artículo tuyo, al igual que todo lo que tu escribes es muy acertado y por supuesto estoy completamente de acuerdo con tu opinión. La Iglesia se encuentra en una gran crisis y creo que cada vez se pone más difícil el poder salir de ella. Aún no entiendo por qué nos quieren tener con una venda en los ojos y nos creen ingenuos, nos quieren manejar a su conveniencia, por qué nuestros errores nos condenan, nos manchan y nos marcan como pecadores, pero qué decir de ellos, se justifican fácilmente con todos los medios posibles, creo que no se vale.
Les hace falta adaptación a nuestros tiempos, una renovadita no vendría nada mal, ja. Sinceramente dudo que esta vez salgan librados al 100%, pero como dices, también es mi Iglesia y me duele.
Gus… Gracias por compartir con nosotros tus ideas en este artículo, sabes que disfruto tu estilo y particularidad para escribir, felicidades por tus esfuerzos y logros. Sabes que te estimo y con gusto estaré paseando por tu Blog. Saludos Analí
Parafraseando a un articulo que acabo de leer: No se preocupen, al fin y al cabo ahí viene el mundial de sudafrica, y entonces ya nadie recordara todo este asunto...
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